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Que no te engañen

Submitted by revistanois.com on Jueves, 30 Junio 2005One Comment

Juan Carlos Uríszar
Psicólogo – psicoterapeuta

Si te planteas hacer psicoterapia … que no te engañen

Después del sorprendente suceso que tuvo lugar en el Senado el pasado 21 de junio, protagonizado por quien que en ciertos círculos es considerado catedrático en psicopatología, y debido a que la psicoterapia está siendo cada vez más utilizada por la población como un servicio para resolver sus problemas y conseguir bienestar, me apresuro a escribir las siguientes reflexiones a fin de facilitar a lectores que estén pensando en acudir a un servicio psicoterapéutico, criterios y opiniones útiles para valorar a su posible terapeuta y las técnicas que utiliza, con vistas a evitar futuros perjuicios y tener garantías de que recibirán un tratamiento que respete su dignidad como personas, su diferencia como individuos y sus derechos como ciudadanos.

¿Qué tienes que pedir del psicoterapeuta?
Las tres cosas básicas que garantizan que un o una psicoterapeuta puedan haber desarrollado su capacidad para tratar trastornos psicológicos son: primero la formación apropiada, segundo el haber pasado personalmente por un proceso psicoterapéutico y tercero, que siga el código deontológico de la profesión.
Desgraciadamente, como ya ha quedado públicamente patente, la formación por sí sola no es ningún garante que faculte a su poseedor como buen psicoterapeuta, por eso haré mención más detenida a las otras dos.
Pasar por un proceso psicoterapéutico posibilita enfrentarse a los propios problemas relacionales, sexualidad, patrones de conducta causantes de sufrimiento, miedos, trastornos emocionales … y permite conocerlos en profundidad y, en su caso superarlos o transformarlos. También permite posicionarse frente a la presión que ejercen los prejuicios sociales cuando estos son alienantes y ayuda a tomar posturas de responsabilidad y libertad personal frente a los mismos.
Un psicoterapeuta también tiene, como humano que es, problemas de índole psicológico (no hay nadie que no tenga problemas de este tipo de mayor o menor envergadura en nuestra cultura) y si no se ha enfrentado a ellos para resolverlos mediante psicoterapia, no conoce ni el camino que se ha de recorrer ni las vicisitudes que aparecen en él.
Conocer el propio funcionamiento psicológico es la mejor garantía para comprender el de los demás. Conocer sólo lo que se lee en las publicaciones es como conocer una ciudad a través de fotos o mapas: se tiene una idea de ella bajo el punto de vista de otros, pero no una experiencia total sobre ella bajo el propio punto de vista y, por tanto, se tienen menos referencias válidas cuando se ha de conocer en profundidad otras ciudades.
Un proceso psicoterapéutico aporta a quien lo recorre el conocimiento experiencial de su funcionamiento psicológico, de sus condicionamientos y prejuicios, le ayuda a relativizar la visión personal del mundo y a reconocer y aceptar otras maneras de vivir. En definitiva, le otorga humildad para no creerse superior a los demás ni poseedor de ninguna verdad absoluta (lo cual sería síntoma de soberbia), al mismo tiempo que da fuerza y capacidad para empatizar, acoger, generar confianza en la futura relación que se establecerá entre terapeuta y consultante y acompañar desde la honestidad a la persona que viene a tratar sus problemas.
Si reconocemos las cualidades anteriores en el o la psicoterapeuta a quien consultamos, tenemos datos fiables para decidirnos a utilizar su servicio.
Sin embargo, si al solicitar sus servicios psicoterapéuticos preguntamos al especialista sobre qué proceso psicoterapéutico ha seguido y qué le ha aportado de beneficioso y obtenemos como respuesta algo parecido a, yo soy catedrático o profesor de tal o cual universidad o, yo soy presidente de tal o cual entidad o, yo llevo tratando pacientes desde hace tanto tiempo o, yo he escrito tantos libros sobre psicología o, aquí estamos para tratar sobre su vida, no sobre la mía … pero no nos ofrece ninguna información mínima pertinente que asegure que ha pasado por alguna psicoterapia que le haya sido útil, tenemos un dato razonablemente suficiente para dudar de su capacidad profesional en este campo.
Así que lo primero que hay que considerar como futuros usuarios de psicoterapia es que ni todo el reconocimiento social, ni los títulos acumulados, ni los cargos ostentados por el psicoterapeuta garantizan para nada un buen ejercicio profesional si previamente él o ella no ha pasado por un proceso psicoterapéutico que le haya ayudado a crecer como persona.
Y en cuanto al código deontológico de la profesión que hemos de seguir, me remitiré a transcribir tres de los artículos del vigente en el Colegio Oficial de Psicólogos de Catalunya:

Artículo 6
La profesión del psicólogo se rige por principios comunes a toda deontología profesional: respeto a la persona, protección de los derechos humanos, sentido de la responsabilidad, honestidad, sinceridad con los clientes, prudencia en la ampliación de los instrumentos y técnicas, competencia profesional y solidez de la fundamentación científica de sus actividades profesionales.

Artículo 9
El psicólogo, en la prestación de su servicio, no hará discriminación de las personas y/o grupos por razones de edad, sexo, nacionalidad, clase social, raza, idioma o cualquier otra diferencia.

Artículo 11
El psicólogo será sumamente cauteloso, prudente y crítico en su intervención profesional ante nociones y términos que fácilmente pueden degenerar en etiquetas devaluadoras y discriminatorias.

Así pues, los criterios deontológicos nos dan otra referencia necesaria para valorar al terapeuta: a favor de utilizar su servicio si los sigue, en contra si no los sigue.

Clasificaciones, etiquetas y normalidad
Las clasificaciones de trastornos psicológicos que utilizamos en psicoterapia, se han de considerar como modelos para entender al ser humano sacados de los estudios de los casos clínicos y, por lo mismo, son sólo generalidades que pueden servir de guía al terapeuta, pero nunca son la persona concreta de cuerpo, mente y emociones que tiene delante en el consultorio.
Poner etiquetas a las personas que vienen a psicoterapia es muy peligroso porque esto distorsiona la visión que el terapeuta tiene del cliente. Resulta más fácil y tentador ver a quienes nos vienen a consultar bajo la falsa seguridad y limitaciones que ofrece un patrón reconocido por cualquier teoría científica que bajo el riesgo, la complejidad y la inclasificabilidad que tenemos como individuos únicos que somos. El psicoterapeuta que etiqueta no ve a quien tiene delante porque la etiqueta lo tapa y eso frena enormemente el proceso psicoterapéutico pudiendo, además, perjudicar al cliente por razón de su estatus en la terapia.
En el contexto psicoterapéutico, la clasificación en categorías socialmente preestablecidas es, sin ninguna duda, más perjudicial que útil. Resulta más provechoso evidenciar patrones, conductas, hechos, características y dinámicas que no definan a la persona consultante en su totalidad. Esto ayuda a percibirla más allá de los prejuicios sociales y deja siempre la puerta abierta a la posibilidad del cambio.
Este es otro importantísimo criterio a tener en cuenta, hemos de preguntarnos si nos están considerando a nosotros o si nos están encasillando en categorías preestablecidas. En el primer caso, tendremos más garantías de un trato y tratamiento más adecuado, en el segundo no.
Pero pongamos un ejemplo para entenderlo mejor: si una persona homosexual viene a consulta, resultará muy perjudicial que el terapeuta la catalogue y la vea, porque lo dicen ciertos estudios, como un “consumidor de drogas por encima de la media y un narcisista patológico con padre alcohólico y madre sobreprotectora”.
Lo honesto es obtener información individual (hay múltiples técnicas respetuosas que pueden utilizarse para ello) que realmente permitan saber cosas específicas sobre quien le viene a consultar. Y si de esa información se evidenciaran, por ejemplo, rasgos narcisistas significativos (aclaro que el narcisismo es un problema a la vez psicológico y cultural que se extiende a toda la población y no se centra en el colectivo homosexual), nunca se ha de etiquetar de narcisista al cliente, porque entonces se puede estar reforzando una identidad patológica. Es mucho más útil, para desarrollar una terapia efectiva en este caso, detectar desconexiones concretas entre la imagen seductora que el o la consultante cultiva para manipular y entre su experiencia corporal de la que puede no reconocer manifestaciones emocionales en determinadas situaciones. La terapia ha de ser adaptada a medida.

En relación a la homosexualidad
La categoría social más tentadora y más peligrosa de utilizar, por el reduccionismo que supone, en el contexto de las ciencias de la conducta es la dicotomía normalidad – anormalidad. El concepto de “lo normal” es uno de los más relativos, huidizos e indefinibles que conozco y, sin embargo, hay gente parece tenerlo perfectamente claro: definen lo normal identificándolo con su visión particular y limitada del mundo.
Si un psicoterapeuta, debido al restringido conocimiento de sí mismo y del mundo –y, particularmente del mundo científico-, utiliza esta identificación (que podría traducirse como: “lo que yo veo como bueno es lo único bueno que hay”) de forma inconsciente en la consulta, terreno donde tiene mucho poder, puede dar lugar a peligrosas situaciones como por ejemplo, considerar que una persona que pide ayuda debido a su sufrimiento emocional por su homosexualidad necesita terapia reparativa para hacer desaparecer su deseo homosexual y así acabar “humanitariamente” con el sufrimiento ya que la homosexualidad es una patología y por tanto no es algo “normal”, a pesar de que el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales publicado por la Asociación Americana de Psiquiatría eliminó en 1973 la homosexualidad de su lista de trastornos y todas las demás organizaciones profesionales de la salud han apoyado esta decisión.
Este hecho que, manipulado, puede presentarse a la opinión pública como una acción loable, pero que desde una perspectiva más amplia, no deja de ser homofobia encubierta, tiene de trasfondo unas implicaciones clínicas terribles:
La primera, supone un gravísimo error de diagnóstico no contemplar la posibilidad de que el sufrimiento emocional sea causado por la culpa derivada de la presión familiar y de ciertos grupos sociales que no toleran lo diferente, lo viven como peligroso y, por lo general, necesitan de chivos expiatorios para hacer visible una normalidad irrespetuosa con el individuo, frágil e impuesta como condición para que alguien sea aceptado y reconocido como miembro del grupo. Este es un fenómeno habitual en contextos conservadores y que va más allá del terreno de la sexualidad –en el ámbito de la vocación profesional también hay relevancia de este tipo de intolerancia-.
El rechazo social injustificado hacia personas que no han hecho nada para merecerlo salvo sentirse y expresarse diferente, resulta difícil de comprender para quien lo sufre porque no encuentra motivo ni se considera merecedor de ello, le causa profundo dolor emocional y, a veces le condiciona a seguir patrones de comportamiento psicótico.
La segunda, y en relación al tratamiento, seguir ciertas técnicas como la terapia reparativa, también conocida como terapia de conversión, para que el consultante sane su sexualidad según los cánones de unos grupos sociales que aún hoy consideran que lo masculino heterosexual y sus valores es el referente paradigmático (o sea, verdad incuestionable) de normalidad, salud, madurez y autonomía, en detrimento de otras sexualidades provenientes de mujeres y hombres (es aleccionador lo que sobre este tema se dijo en Madrid ya en 1997 en el ciclo de conferencias de la Asociación Española de Clínica y Psicoterapia Psicoanalítica), supone inmersionar al cliente en otro trastorno del cual se habla poco, a pesar de ser conocido desde hace décadas: la normopatía, es decir la necesidad de ser normal. Lo cual, cuando menos, carece de ética porque no respeta la individualidad del cliente y plantea un objetivo imposible de conseguir ya que los patrones de normalidad son sólo eso, patrones y las personas, por el hecho de serlo, diferirán siempre de los patrones.
Por otro lado, no existen datos que demuestren que las terapias reparativas o de conversión son efectivas y de hecho pueden ser dañinas.
La tercera, en cuanto al pronóstico de la evolución de este tipo de proceder, me ceñiré a citar un texto de la Asociación Americana de Psiquiatría en su declaración sobre su posición acerca del Tratamiento Psiquiátrico y la Orientación Sexual: “El riesgo potencial de las ‘terapias reparativas’ es alto, incluyendo depresión, ansiedad y conducta autodestructiva, ya que la alianza del terapeuta con los prejuicios sociales contra la homosexualidad puede reforzar el auto-rechazo que el paciente ya está sintiendo. Muchos pacientes que han experimentado con las ‘terapias reparativas’ dicen que les informaron que los homosexuales son personas solitarias e infelices que nunca logran aceptación o satisfacción en la vida. La posibilidad de que una persona pueda lograr felicidad y relaciones interpersonales satisfactorias como hombre gay o mujer lesbiana no se le presenta, al igual que no se presentan alternativas para lidiar con los efectos de la estigmatización social”.
Como resumen a lo anterior, conviene asegurarse de que nuestro posible terapeuta tenga unos conocimientos clínicos, como mínimo vigentes. Si no es así, es mejor ir a otro.

Para concluir
Después de lo aquí expuesto, huelga decir que la valoración que hago hacia las terapias y los terapeutas que no respetan la dignidad humana de las personas a las que tratan es totalmente negativa.
Es mi opinión, y creo que sería compartida por la mayoría de los y las profesionales que nos dedicamos a la psicoterapia, que nuestra misión social no es actuar como controladores al servicio de ideologías uniformizadoras sino como acompañantes de nuestros clientes en el camino hacia su libertad su autoresponsabilidad y su respeto tanto por sí mismos como por la multiplicidad de las personas que conforman la comunidad.

Juan Carlos Uríszar
Psicólogo – psicoterapeuta
jc@centrouriszarcp.com
www.centrouriszarcp.com

One Comment »

  • :: admin :: noticiasgay said:

    Juan Carlos Uríszar
    psicólogo – psicoterapeuta.

    Siendo ud. un profesional, no comprendo como puede decir estas cosas tan irreales, en su nota “Que no te engañen” publicadas en el ·# 99 de Junio en http://barcelonagay.com/noticiasgay/?p=183
    esto en la ciencia se denomina, mecanicismo teórico. Yo conozco espectaculares terapeutas de Cuba, México y USA que no pasaron por procesos terapéuticos y siguen siendo muy buenos especialistas para sus clientes. En Argentina, Chile, Uruguay, Perú, México, etc. conozco muchos psicólogos y clínicas, que tienen psicólogos que durante muchos años hacen terapia y no son buenos terapeutas para sus clientes.

    Muchas gracias.
    Jorge Leiva
    Lic. en Psicología clínica y social.
    Master en psicología clínica.

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