David Martí, editor de Nois
El Juzgado de Órgiva (Granada), considera que las vejaciones y amenazas homófobas cuestan treinta euros. Así lo decide en una sentencia de finales de enero, que por sorprendente que resulte no es la única de ese tipo en nuetro país. Un caso similar se producía en Barbate (Cádiz), donde un juzgado consideraba que dar una paliza a un gay y allanar su domicilio cuesta una multa de cien euros.
En Barcelona no nos quedamos atrás. En septiembre, un taxista agredió a un gay con una pistola eléctrica. El caso, denunciado por el FAGC, aún está en proceso judicial. Pero el Institut Metropolità del Taxi (Imet) no ha reaccionado ante los hechos, y ha suspendido la tramitación del expediente sancionador que había abierto contra el taxista.
Son sólo algunos ejemplos, pero suficientes para consolidar la idea de que la violencia y la homofobia salen baratas. La visibilidad de gays y lesbianas concretada en próximas leyes como la del matrimonio o la adopción es interpretada como provocación para los homófobos. Un país que decide emprender ese camino de igualdad no puede olvidar que la justicia debe respaldar esa decisión. Si vejar, amenazar o agredir sale tan barato, se está reduciendo la importancia del hecho y, una vez minimizado, potenciándolo.
Que nadie piense que está libre de sufrir una agresión por el simple hecho de ser gay o lesbiana. No tener pluma o no besarse en público no es ninguna garantía. La violencia homófoba tiene tanto de gratuita como de aleatoria. Un gesto, una mirada, un tipo de ropa, pueden ser suficientes para despertar el odio entre los violentos, que no necesitan demasiadas excusas para actuar.
De la misma manera que la violencia de género –que no doméstica- produce titulares en todos los medios, legislación específica y una destacada sensibilidad social, la violencia homófoba no cuenta con la misma consideración. A nuestros gobernantes les corresponde que, como mínimo legislativamente, se equiparen como delito. A la sociedad, un largo camino basado en el respeto que no ha hecho más que empezar.